Entonces… crucé una puerta y entré a una afligida habitación. Toda… tenía olor a tristeza, a que en mucho tiempo, nadie había sonreído plenamente dentro de ella, a que ahí, nadie le había dedicado un sentimiento de nada, a ninguno. Las ventanas suplicaban ser utilizadas para dejar entrar la luz del sol… y como sabiendo que esa nunca sería su faena, se resignaban a recordarle al resto del lugar que existía un mundo afuera de aquel microcosmos inventado por alguien, para algo o para nada. A nadie parecía importarle, nadie tenía la intención de averiguarlo. Yo, en cambio, me encontraba dispuesta a buscar y desenmascarar cuanto me fuese posible, así me costara la sonrisa. Fue cuando establecí aquella determinación que la encontré a ella, de pie, en un rincón de aquel lugar. La encontré sobria, impenetrable. Se sostenía sobre un par de zapatos de tacón color negro que parecían haber sido usados todos los días durante seis años consecutivos. Usaba poca ropa y muchos complejos… la miré. Le puse una de esas sonrisas que proyectan más miedo que cordialidad. De inmediato lo notó. Fue ella quien emitió la primera palabra, como advirtiéndose más fuerte que yo.
— Ven…
Dicha propuesta me congeló los sentidos. Con la vista nublada y la consciencia perdida, busqué palabras para decirlas. ¿Pero para qué querría tenerme cerca? A partir de entonces, el resto de mis instantes se evangelizarían con la verdad que ella quisiera. Estábamos a punto de accidentarnos intencionalmente. Lo hicimos.
— Hola. ¿Cuál es tu nombre?
Esa fue en definitiva la peor pregunta que pudo habérseme ocurrido. Era evidente que lo último que me interesaba conocer era su nombre, a pesar del impacto que sé puede tener un nombre sobre mí. Entonces, se pintó el rostro con una mueca que comprobó mi reflexión. Traté de resolverlo…
— Perdón, olvida eso. ¿Cómo estás?
¡Otro error! Me importaba un comino averiguar su estado de ánimo, si es que contaba con uno. La tercera es la vencida… embuste, nunca vence la tercera, no sé quién ni por qué inventó eso. Tenía una fracción de segundo para concebir una solución a ese enredo. Dos palabras… las articulé con pánico disfrazado de optimismo.
— ¿Quién eres?
Antes de que pudiera arrepentirme de haber preguntado aquello, como comúnmente me arrepiento de ejecutar cualquier acción, la perfecta extraña le vertió un balde de alcohol a mi psicosis y comenzó a hablar.
— Soy un maniquí, diosa de esta fábrica de orgasmos. Comercializamos placer. Jamás fracasaré, los animales demandan fuentes de satisfacción. Yo lo soy… el poder adquisitivo me seduce, yo los seduzco a ellos… es bastante sencillo.
Un dato, un argumento y un mecanismo de defensa. El omnipotente mercader del erotismo me había dado tres causas para huir de aquel lúgubre espacio. Me quedé.
— ¿Puedo tocarte?
Quería tocarla, precisaba constatar que era de carne y hueso. La experiencia era tan disparatada que podría ser que alguien hubiese puesto un holograma en aquella esquina solo para crear en mi realidad a un ser tan estupendo. Se negó con la cabeza. ¡Con la cabeza! Maldita… Comprendí que estaba acostumbrada a recibir calcos canjeables por sueños a cambio de ser palpada por manos extrañas. Tal vez todas las manos eran extrañas para ella, incluso las suyas. Proseguí… molesta.
— ¿Cómo lo haces? ¿Qué acaso no consigues conquistar sentimiento alguno? ¿En qué instante y con qué motivo divorciaste a tus emociones de tu cuerpo? Cada organismo que te penetra se ha llevado una parte de ti. Y todavía te jactas del poder que dices tener sobre los hombres, no eres más que una prostituta en un burdel.
— Lo soy.
— Eres repugnante. Eres la razón por la que la Tierra quiere dejar de afianzarnos pretextos para vivir. Eres el principio del final de las historias. Eres el cianuro de tus propios encantos.
— Lo soy.
De alguna manera, era ella quien estaba ganando la primera batalla. ¿Cómo podía ser tan miserable a consciencia? Ese hubiese sido el momento justo para tropezar con la empatía y administrarle a mi conocimiento previo un ansiolítico, no ocurrió. La rabia me arrebató toda posibilidad de triunfo. Ahora solo se trataba de reprobarla, de querer aniquilarla para siempre. Se le notaba interesada en mi apetito. Lo manifestó sin deseo alguno de ocultarlo.
— ¿Qué pasa, preciosa? Pareces estar turbada por mi existencia.
Preciosa… me había llamado preciosa. Concluidas las tres sílabas de dicha palabra, supe que aquello no iba a terminar bien. Estaba ahora divirtiéndose con mis miedos descarada y caprichosamente. Si me hubiese llamado horripilante, también le hubiese creído mi ego, estoy segura. Me elevó… solo para poder asegurar el dolor de la caída que vendría a continuación.
— ¿Eres feliz?
Eso hizo, eso mismo. Me preguntó que si era feliz, como argumento a toda la sarta de preguntas bobas que yo le había formulado. Ahora, seguro pretendía que cayera rendida a sus pies, elogiando su sapiencia y certificando su presunción. Era evidente que buscaba embriagarme con su causa, con su doctrina contemporánea de no sentir.
La miré… triunfante, sin angustia alguna y orgullosa de verme en el suplicio que era para mí… enfrentarla. La materia que constituye a mi cuerpo me imploraba no la dejase ir jamás. Era ella, la única, la que siempre busqué, la que iba a ilustrarme, a ser mi gurú, a admitirme en un mundo en el que nada ni nadie podrían volver a arrancarme una lágrima, en el que todo giraría en torno a auto complacerme, a existir en la trivialidad del capitalismo, nadando serenamente sin atender a la penitencia del pecado. Hablé.
— Me voy.
— ¿A sufrir?
— A vivir.
Mi puño derecho nunca se imaginó tan enérgico. Titubeó centímetros antes de golpearle, como entendiendo que se trataba de un asesinato a sangre fría. Recobró su fuerza y aterrizó sobre ella. El espejo se rompió en mil pedazos. A mis pies, no quedó nada más que los restos del ser al que más he amado, al único, tal vez, a ella, a mí.
Abandoné mi alcoba, no sin antes abrir las ventanas.