Dos Lirios

Cuentan que un día llegó la una a amar a aquella otra. 
La una abrazaba al tiempo mientras la otra fingía irse. 
La una no supo morir y a volar enseñó a sus alas. 
Y fue así como la otra al amor llegó a rendirse. 

Nadie supo cómo fue, si fue ficción, si fue mentira. 
Dicen que les vieron fabricando astros al mirarse. 
La leyenda de dos lirios que se besan noche y día, 
que entre el tiempo y la catástrofe no comienza a terminarse.

Una tarde afortunada los planetas se reunieron 
a acordar que era tiempo de inventar a dos seres juntos. 
Imponentes se formaron uno detrás del otro
a ver sus besos que enunciaban amor sin comas ni pausas ni puntos. 

El amor no sabe de odio ni el odio sabe de ellas. 
Se entregaron a la vida y olvidaron al pecado. 
Sin estar cerca del cielo, se robaron las estrellas. 
Perdonaron al enigma, a la duda y al pasado. 

No se ha vuelto a saber, de este lado de la tierra,
sobre algún amor tan sublime que del viento se creara, 
sobre una misma luz que destelle de dos cuerpos, 
sobre un cuento en que el dragón al príncipe conquistara. 

Esta historia no es de mí ni del tiempo ni de ustedes. 
No es de piedra ni es de oro ni del color de la luna más bella.
Esta historia no es de mí o de mi deseo o de mi locura. 
Esta historia es para mi amor, para mi vista, para mi ella. 

Ganadores del concurso “Encuentros furtivos”

Carmen Adriana
@IroniaSarcastik
 
 
Encuentros furtivos, templo del desenfreno, cuna del olvido, como los que inundan nuestra historia, como aquellos en los que se rompen reglas y se llenan esperanzas; donde piel con piel, caricia tras caricia se crean y se pierden eventos jamás recordados, ocultos.
 
Descubrí que tu cuerpo es perfecto para un encuentro furtivo, al igual que tu disperso ser. Así, acapara, fusiona y divide, toma lo suyo y se adueña de todo lo que no lo era. Ajetreada, respiro de los encuentros furtivos como me regodeo de tu ausencia, de la sombra que dejaste en la cama, la que nunca develará lo que fuimos. 
 
Eso eres, un encuentro furtivo, un secreto jamás develado por miedo a la locura esperando a derramarse sobre él.
 
 
 
 
Rodrigo Hernández
@dadoruy
 
 
“¿Sabes que esto es ilegal?”, me dijo. A mí me importaba poco si lo era o no. Mi edad y la suya eran números que quedaban fuera de esas cuatro paredes.
Nuestros amores llevaban ya tiempo, a escondidas de todos, traicionando la confianza de su novio y de todos a nuestro alrededor.
 
Esa tarde sentí una necesidad de envolverme en su piel, en su sexo, de hacerla mía; nos envolvimos como gladiadores en una placentera contienda que sólo culminaría en un grito, en un gemido, en rasguños, en más gemidos.

Por nuestros cuerpos corría fuego, pasión. Besé cada milímetro de su piel, sentí su humedad en mí. Hicimos el amor una y otra vez, nos entregamos en cuerpo y alma. Quién diría, esa sería la última vez que nos veríamos. Su novio le había propuesto matrimonio, ella había aceptado. Sabía que no estaríamos juntos pero que siempre me amaría como los amantes que se hacen en silencio, en secreto.

A vivir…

Entonces… crucé una puerta y entré a una afligida habitación. Toda… tenía olor a tristeza, a que en mucho tiempo, nadie había sonreído plenamente dentro de ella, a que ahí, nadie le había dedicado un sentimiento de nada, a ninguno. Las ventanas suplicaban ser utilizadas para dejar entrar la luz del sol… y como sabiendo que esa nunca sería su faena, se resignaban a recordarle al resto del lugar que existía un mundo afuera de aquel microcosmos inventado por alguien, para algo o para nada. A nadie parecía importarle, nadie tenía la intención de averiguarlo. Yo, en cambio, me encontraba dispuesta a buscar y desenmascarar cuanto me fuese posible, así me costara la sonrisa. Fue cuando establecí aquella determinación que la encontré a ella, de pie, en un rincón de aquel lugar. La encontré sobria, impenetrable. Se sostenía sobre un par de zapatos de tacón color negro que parecían haber sido usados todos los días durante seis años consecutivos. Usaba poca ropa y muchos complejos… la miré. Le puse una de esas sonrisas que proyectan más miedo que cordialidad. De inmediato lo notó. Fue ella quien emitió la primera palabra, como advirtiéndose más fuerte que yo.

— Ven…

Dicha propuesta me congeló los sentidos. Con la vista nublada y la consciencia perdida, busqué palabras para decirlas. ¿Pero para qué querría tenerme cerca? A partir de entonces, el resto de mis instantes se evangelizarían con la verdad que ella quisiera. Estábamos a punto de accidentarnos intencionalmente. Lo hicimos.

— Hola. ¿Cuál es tu nombre?

Esa fue en definitiva la peor pregunta que pudo habérseme ocurrido. Era evidente que lo último que me interesaba conocer era su nombre, a pesar del impacto que sé puede tener un nombre sobre mí. Entonces, se pintó el rostro con una mueca que comprobó mi reflexión. Traté de resolverlo…

— Perdón, olvida eso. ¿Cómo estás?

¡Otro error! Me importaba un comino averiguar su estado de ánimo, si es que contaba con uno. La tercera es la vencida… embuste, nunca vence la tercera, no sé quién ni por qué inventó eso. Tenía una fracción de segundo para concebir una solución a ese enredo. Dos palabras… las articulé con pánico disfrazado de optimismo.

— ¿Quién eres?

Antes de que pudiera arrepentirme de haber preguntado aquello, como comúnmente me arrepiento de ejecutar cualquier acción,  la perfecta extraña le vertió un balde de alcohol a mi psicosis y comenzó a hablar.

— Soy un maniquí, diosa de esta fábrica de orgasmos. Comercializamos placer. Jamás fracasaré, los animales demandan fuentes de satisfacción. Yo lo soy… el poder adquisitivo me seduce, yo los seduzco a ellos… es bastante sencillo.

Un dato, un argumento y un mecanismo de defensa. El omnipotente mercader del erotismo me había dado tres causas para huir de aquel lúgubre espacio. Me quedé.

— ¿Puedo tocarte?

Quería tocarla, precisaba constatar que era de carne y hueso. La experiencia era tan disparatada que podría ser que alguien hubiese puesto un holograma en aquella esquina solo para crear en mi realidad a un ser tan estupendo. Se negó con la cabeza. ¡Con la cabeza! Maldita… Comprendí que estaba acostumbrada a recibir calcos canjeables por sueños a cambio de ser palpada por manos extrañas. Tal vez todas las manos eran extrañas para ella, incluso las suyas. Proseguí… molesta.

— ¿Cómo lo haces? ¿Qué acaso no consigues conquistar sentimiento alguno? ¿En qué instante y con qué motivo divorciaste a tus emociones de tu cuerpo? Cada organismo que te penetra se ha llevado una parte de ti. Y todavía te jactas del poder que dices tener sobre los hombres, no eres más que una prostituta en un burdel.

— Lo soy.

— Eres repugnante. Eres la razón por la que la Tierra quiere dejar de afianzarnos pretextos para vivir. Eres el principio del final de las historias. Eres el cianuro de tus propios encantos.

— Lo soy.

De alguna manera, era ella quien estaba ganando la primera batalla. ¿Cómo podía ser tan miserable a consciencia? Ese hubiese sido el momento justo para tropezar con la empatía y administrarle a mi conocimiento previo un ansiolítico, no ocurrió. La rabia me arrebató toda posibilidad de triunfo. Ahora solo se trataba de reprobarla, de querer aniquilarla para siempre. Se le notaba interesada en mi apetito. Lo manifestó sin deseo alguno de ocultarlo.

— ¿Qué pasa, preciosa? Pareces estar turbada por mi existencia.

Preciosa… me había llamado preciosa. Concluidas las tres sílabas de dicha palabra, supe que aquello no iba a terminar bien. Estaba ahora divirtiéndose con mis miedos descarada y caprichosamente. Si me hubiese llamado horripilante, también le hubiese creído mi ego, estoy segura. Me elevó… solo para poder asegurar el dolor de la caída que vendría a continuación.

— ¿Eres feliz?

Eso hizo, eso mismo. Me preguntó que si era feliz, como argumento a toda la sarta de preguntas bobas que yo le había formulado. Ahora, seguro pretendía que cayera rendida a sus pies, elogiando su sapiencia y certificando su presunción. Era evidente que buscaba embriagarme con su causa, con su doctrina contemporánea de no sentir.

La miré… triunfante, sin angustia alguna y orgullosa de verme en el suplicio que era para mí… enfrentarla. La materia que constituye a mi cuerpo me imploraba no la dejase ir jamás. Era ella, la única, la que siempre busqué, la que iba a ilustrarme, a ser mi gurú, a admitirme en un mundo en el que nada ni nadie podrían volver a arrancarme una lágrima, en el que todo giraría en torno a auto complacerme, a existir en la trivialidad del capitalismo, nadando serenamente sin atender a la penitencia del pecado. Hablé.

— Me voy.

— ¿A sufrir?

— A vivir.

Mi puño derecho nunca se imaginó tan enérgico. Titubeó centímetros antes de golpearle, como entendiendo que se trataba de un asesinato a sangre fría. Recobró su fuerza y aterrizó sobre ella. El espejo se rompió en mil pedazos. A mis pies, no quedó nada más que los restos del ser al que más he amado, al único, tal vez, a ella, a mí.

Abandoné mi alcoba, no sin antes abrir las ventanas.

Un rincón del planeta…

Cuando por tantos años la adversidad fue motivo de debate y tema de interés, ahora trato de convivir con los míos sin tocar temas trágicos. Tras haberse manchado mi ciudad de rojo y negro, nos esforzamos por buscarle el lado amable a la muerte de tanta gente inocente, nos es imposible… obviamente nos es imposible. Nos sentimos culpables hasta de sentirnos culpables. Nos sentimos culpables de sentirnos impotentes. Duele… cuesta. Sé que algunos de nosotros todavía optamos por jugar a creer que todo esto es una pesadilla, que despertaremos mañana en una ciudad en la que los niños puedan ir a jugar al parque. Amén.

Recuerdo haber abierto un libro de pequeña, me lo facilitó mi madre. Presentaba una serie de dibujos elaborados por niños que fueron víctimas de la guerra en Yugoslavia, hace ya bastantes años. El libro definitivamente no era para niños, era para causar náusea en los adultos, para provocar sentimientos de rabia e ira. A mamá nunca le importó, para ella siempre fue primordial proveerme de conciencia… so pena de convertirme en un ser agudamente emocional. Ojalá hubiera la pequeña Carlota ignorado todo lo que ocurría en el resto del mundo. Ojalá nunca hubiese sabido que del otro lado de éste, existían niños cuyos hogares habían sido manchados de sangre. Ojalá sí… ojalá no… no lo sé. Tal vez ése era mi entrenamiento para el futuro.

Hoy… no tengo que abrir ningún libro para averiguarlo, basta con salir a la calle, escuchar la radio, encender la televisión, leer una revista, hurgar el periódico, acceder a una red social… todo mi entorno está empapado de manifestaciones de violencia, del pinche fin del mundo… al que tanto le temo. Ya no sé qué es mejor. No sé si prefiero que repentinamente explote la Tierra… o presenciar cómo nos acabamos lenta y dolorosamente. La diferencia no está en si es lento o rápido, está en que si se trata de un final paulatino, entonces no es un final, no se ha terminado, seguimos aquí y con la vida cargamos la responsabilidad de hacer pinches ¡algo! No puedo sacarle la vuelta a la idea de la esperanza. Qué ridículo suena, lo sé… pero si el cosmos decide que sigamos coexistiendo, debe ser porque en algún rincón del planeta se encuentra una segunda oportunidad para nosotros. No hablo de mi ciudad, ni de un asesinato, ni de la dichosa contaminación ambiental… hablo de la inconsciencia como un todo. Hablo de lo mucho que le tememos a sentir y a no hacerlo, a vivir y a morir.

Estoy enojada, estoy encabronada y tengo que reconocerlo. De otra manera mi dolor sería inútil, nuestro dolor sería inútil. No sé ustedes, pero a mí sí me ha llegado a dar muchísima hueva, leer y/o escuchar una y otra vez los lamentos de gente que no procede de ninguna manera. Hoy me niego rotundamente a ser esa clase de persona. Normalmente no me atrevo a exhortar a nadie a hacer nada por miedo a enfrentarme a una contradicción, a que alguien no esté de acuerdo, a leer algún argumento que proponga que estoy equivocada. Háganme el chingado favor. Hasta para hacer amor, soy una pinche cobarde. Hoy me vale madre. Hoy quiero decir a quien quiera leerme que sé que sí podemos vivir como si hiciéramos la diferencia, pues así es. Sí soy responsable, sí soy factor de cambio, sí importa lo que pienso y sí puedo trascender. Cada vez que siento ganas de dañar a quien me ha dañado… hago la guerra. Cada vez que me niego a extenderle la mano a alguien… hago la guerra. Cada vez que elijo no perdonar o perdonarme… hago la guerra. Cada vez que me resguardo en un ansiolítico para mitigar mis emociones… me hago la guerra… y cada vez que voy en contra de mis instintos animales y me aventuro a hacer lo contrario… hago la paz. ¿Cómo puedo juzgar a un asesino, si cargo con la misma enfermedad que él? Los criminales son seres como nosotros, vistos con un microscopio, ahogados por el capitalismo y la necesidad de poder. Sus acciones aparentemente inconcebibles para muchos se detendrán solo por medio de la contención. Nuestras acciones no. Si aún no has matado, secuestrado o golpeado a alguien sin imaginarte su dolor, sigues pisando el terreno de la belleza. Y… ¿qué crees? También somos belleza, somos instantes hermosos capaces de hacer paz. Tú y yo somos paz… la paz potencial como alimento imprescindible para los humanos. El hábito de criar seres adictos a drogarse con la autocomplacencia debe poder transmutar. Debe poderse. Aunque los noticieros nos digan lo contrario…

Y como dije… en algún rincón del planeta, debe encontrarse una segunda oportunidad para nosotros. ¿Qué tal si ese rincón eres tú? Piénsalo.

Todos somos hijos de una verga…

   Me dispongo, a continuación, a dedicarle media hora de mi últimamente malgastado tiempo a acomodar este estúpido grupo de palabras y no exitosamente darles sentido.

   Una serie de eventos ocurridos durante las últimas 72 horas fueron mi musa para iniciar el uso de esta pendeja herramienta comúnmente llamada blog. Otra serie de eventos ocurridos durante los últimos 23 años serán los responsables de que las palabras aquí escritas, que no son MIS palabras, resuenen en las retorcidas mentes de aquellos seres que deseen leerlas.

   Comienzo, pues…

   La conducta del ser humano nunca logró acabar con mi capacidad de asombro. Recuerdo aquellos años en los que navegué con la bandera de víctima, siempre funcionó. Hasta que de pronto miré un calendario y éste me dijo que yo era una mujer de 23 años. ¡Joder! No tuve otra opción, la sobrevalorada idea de madurez me obligó a incluir MIS pendejadas en aquel patético proyecto de investigación con respecto a la conducta humana. Fue entonces y solo entonces, cuando conquisté mi propósito. Qué hueva. Qué hueva que todo lo que algún día buscaste por aquí y por allá se encontrara siempre tan cerca, tan a la mano. Ahí cometí el segundo importante error de mi vida: comparar mi naturaleza con la de los otros. ¡Qué pendejada! Como era de esperarse, esta niñería me trajo consecuencias graves. Confundí la comprensión con el perdón y no es lo pinche mismo. No puedo desgastar cada minuto de mi vida dándole una explicación a lo que los demás hacen y yo no haría, es de las pérdidas de tiempo, la más ridícula. Sin embargo, tengo la firme creencia de que todos y cada uno de los defectos de carácter han poseído a todos y cada uno de los humanos durante por lo menos un instante de sus vidas. Dicho paradigma me ha permitido, ahora, transportarme hacia aquel momento en el que fui egoísta, sodomita, capitalista, ególatra, insegura, cleptómana, entre otros defectos que dejaré a su imaginación (imaginen y excítense). Así, me es ahora posible ir comprobando día a día mi teoría con respecto a la sociedad. Mi teoría con respecto a la sociedad se titula: Ninguna. ¡No la tengo! ¡No la hay! Todo este tiempo ha sido tirado a la basura…

   No me odies querido lector, no vine aquí a enseñarte algo que no sepas. De hecho pudiera decirse que vengo a hacer justamente lo contrario. No soy tan intelectual como para atreverme a dar mi “punto de vista”. Gracias.

   Prosigo…

   Fue cuando cursé la Secundaria cuando comencé a preguntarme. Sí, fui una de esas valientes que se aventuró a preguntarse cosas a sabiendas de que éstas jamás serían respondidas. Me conformé con ser una espectadora en primera fila de lo que el ser humano que es ya emocional por excelencia (el ser humano de 14 años en adelante) es capaz de hacer para lograr satisfacer sus dichosos huecos emocionales. He ahí, donde comienzo a gestar mi propia enfermedad emocional, pues oigan, no quería quedarme atrás. Así, me comprometí firmemente a jugar el juego al que me invitaban los demás. Mismos “demás” que no sabían ni pito de la vida, pero pues, eran jueces de la mía. ¡Qué asco! Les otorgué todo control sobre mi personalidad y apariencia, sobre mi proyección y gustos musicales. Pendejadas y más pendejadas. Ahí es donde esto se vuelve “interesante”. Curioso es que etiquete aquella situación como una pendejada cuando hoy día la sigo cometiendo.

   El consuelo que me queda, se esconde en aquello que vi pasar por mi vida en los últimos días. Se trató de una manifestación más de lo que “el resto” es capaz de fortalecer en un “individuo”. Qué risa siquiera imaginar que dicho fortalecimiento se tratara de algo positivo. No lo es… el resto se encargará siempre de inmortalizar mis defectos, de nutrir mi insaciable deseo de ser aceptada. Me proporcionarán las herramientas para volverme loca y yo las tomaré cuantas veces lo desee. Todos somos hijos de una verga. Todos estamos al borde del pecado y del arrepentimiento. La diferencia es que algunos sabios tienen conocimiento de ello y deciden un día, comenzar a conocerse, dichosos ellos…

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